La estrategia “China+1” se ha convertido en el reflejo industrial de una época nerviosa. Las multinacionales no están abandonando China en bloque, sin embargo sí están redistribuyendo riesgos. Buscan producir fuera de China una parte suficiente de sus componentes y ensamblajes como para reducir exposición a aranceles, interrupciones logísticas y tensiones geopolíticas, y al mismo tiempo mantener el acceso a la escala, los proveedores y la ingeniería del ecosistema chino. Ese movimiento, que hace unos años parecía un ajuste táctico, hoy es una ola sostenida. En el Sudeste Asiático continental, la competencia más reveladora es la de Tailandia y Vietnam, dos países que atraen capital por razones distintas y que, por tanto, están capturando porciones diferentes de la nueva cartografía manufacturera. Un análisis sectorial difundido en 2025 resumía la diferencia de forma intuitiva: Vietnam vende dinamismo, costes y acuerdos comerciales ágiles; Tailandia vende estabilidad, un ecosistema industrial maduro e infraestructuras superiores.

Lo interesante es que ambos pueden tener razón al mismo tiempo, porque la ola “China+1” no consiste en un flujo de dirección única, es un conjunto de decisiones tomadas por empresas con cadenas distintas, mercados finales distintos y tolerancias al riesgo distintas. En otras palabras, hay que poner la vista en qué tipo de manufactura se instala en cada país, qué dependencia se consolida y qué poder de política industrial se construye de cara a la próxima década.

Vietnam, el imán del crecimiento rápido y del acceso preferencial

Si uno busca el “ganador visible” en cifras brutas, Vietnam suele aparecer primero. En 2025, la inversión extranjera directa realizada alcanzó 27,62 mil millones de dólares, un aumento del 9% interanual y el nivel más alto en cinco años, según las cifras que citan fuentes estadísticas vietnamitas y que replican medios y agregadores económicos. Lo decisivo, además, es que ese capital fue destinado a procesado y manufactura. Y estamos hablando de 22,88 mil millones, el 82,8%. Ese dato, por sí solo, explica por qué Vietnam se ha convertido en sinónimo de “China+1” para gran parte del mercado, al absorber una inversión en gran medida industrial.

La ventaja vietnamita se construye con varias capas que se refuerzan entre sí. Primero, una fuerza laboral todavía relativamente joven y, en muchos segmentos, más barata que la tailandesa, lo que facilita atraer ensamblaje intensivo en mano de obra, además de fases intermedias de electrónica y componentes con requerimientos de calidad moderados y escalables. Segundo, una arquitectura de acuerdos comerciales particularmente profunda, que convierte a Vietnam en un puente hacia mercados occidentales con menos fricción arancelaria y, a menudo, con reglas claras sobre origen y certificación. Esa red no elimina el riesgo geopolítico, pero sí reduce costes de entrada y mejora previsibilidad comercial para exportadores.

Tercero, Vietnam ha expandido su capacidad de absorción física. A finales de 2025, un reporte recogía que el número de parques industriales aumentó alrededor de un 10% entre 2021 y 2025, y que la ocupación pasó del 53% al 79% en cuatro años. La lectura de este dato inmobiliario es que la demanda industrial se está comiendo la oferta disponible y que el país ha sido capaz de activar suelo, permisos y servicios asociados a un ritmo que acompaña el aterrizaje de fábricas. Además, otras fuentes sitúan la ocupación media en torno al 80% a mediados de 2025 y, en polos como Hanoi, Bac Ninh o Binh Duong, por encima del 90%, lo que indica un estrés creciente en las ubicaciones más codiciadas.

Sin embargo, Vietnam también está empezando a pagar el precio de su éxito. Cuando la ocupación se acerca al techo, el suelo industrial se encarece, los plazos se estiran y los cuellos de botella de infraestructura se vuelven más visibles, obligando al país a pasar a una siguiente fase. De hecho, el propio debate vietnamita de 2025-2026 se ha movido hacia calidad de IED (Inversión Extranjera Directa) y hacia cómo evitar quedar atrapado en un modelo de ensamblaje de bajo margen. La cuestión es si Vietnam consigue usar esta oleada para subir peldaños, o si se limita a ser el gran taller de diversificación de riesgos de otros.

Tailandia, el argumento de la estabilidad y del ecosistema industrial profundo

Tailandia juega otra partida. Llega a la ola “China+1” con un ecosistema industrial construido durante décadas. automoción, electrónica, agroindustria, química, proveedores locales, servicios logísticos, ingeniería y estándares de calidad más integrados en segmentos específicos. Por eso, cuando una empresa necesita operar con cadenas más complejas, con niveles altos de control de calidad y con logística regional sólida, Bangkok puede vender un paquete más completo aunque su mano de obra sea más cara.

Las cifras recientes no tienen el mismo efecto de “shock” que Vietnam, pero certifican la solided de esta alternativa. En 2025, Tailandia registró un aumento del 125% en proyectos aprobados de IED hasta 6.270 millones de dólares, y dentro de ese total destacó el flujo de China y Hong Kong, alrededor de 922 millones, orientado a sectores como vehículos eléctricos, automatización y servicios ligados a la industria. Este dato es importante por dos motivos: confirma que Tailandia está capturando parte de la ola y que revela que una porción sustancial de ese “China+1” en Tailandia está fuertemente conectada con China, no solo con capital occidental.

Ahora bien, el termómetro tailandés suele medirse también por su Board of Investment (BOI), la agencia gubernamental principal de Tailandia, dependiente de la Oficina del Primer Ministro, encargada de fomentar la inversión nacional y extranjera, así como por el volumen total de solicitudes o compromisos. El BOI reportó que en 2025 las solicitudes de inversión alcanzaron un récord de 1,88 billones de baht, según información recogida por Xinhua. Paralelamente, medios y comunicados oficiales han señalado incrementos fuertes en inversión extranjera aprobada y valor de proyectos, subrayando que el país busca consolidarse como hub de producción avanzada, en particular en vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y centros de datos.

En el caso tailandés, además, pesa un componente territorial muy concreto: el Eastern Economic Corridor (EEC), un corredor industrial y logístico diseñado para atraer manufactura de mayor valor añadido. En los datos citados sobre 2025, una porción relevante de inversiones aprobadas se concentró en el EEC, precisamente en proyectos vinculados a motores, automatización, metalurgia y servicios industriales. Esto encaja con la narrativa tailandesa: menos volumen de ensamblaje básico y más atracción de plantas que se integran en un ecosistema industrial ya existente.

El límite también es claro. Tailandia no compite por ser “la nueva China barata”, lo hace para ser el sitio donde se pueden montar operaciones más complejas con menos riesgo operativo y con logística superior. Eso la hace muy atractiva para ciertas cadenas, aunque también la deja expuesta al desafío estructural de la demografía y el coste laboral. Con una población que envejece más rápido y una estructura de salarios mayor, Bangkok debe subir la productividad o perder terreno en segmentos intensivos en trabajo.

La foto real del “China+1”: menos desacople del que parece

Si hay un error habitual al hablar de China+1, es imaginarlo como una fuga de China hacia los países de ASEAN. En realidad, una parte sustancial del fenómeno es otra cosa: China reconfigurando su presencia industrial mediante terceros países. El capital chino se mueve a Vietnam o Tailandia para producir en jurisdicciones con ventajas arancelarias y para reducir exposición a controles y aranceles occidentales, mientras los insumos siguen llegando desde China y el valor añadido aguas arriba sigue siendo chino.

El caso de Vietnam lo ilustra bien. Varias fuentes han señalado el peso de la integración, pues en 2025, la manufactura se llevó la mayoría del FDI realizado, y a la vez el país siguió dependiendo de importaciones significativas de insumos, en gran medida desde China, para alimentar su sector exportador. En Tailandia, el patrón es parecido aunque con otro perfil, con la inversión china y hongkonesa en vehículos eléctricos y automatización integrándose en la aspiración tailandesa de capturar valor, pero también creando a la vez una dependencia tecnológica y de cadena de suministro que puede ser un arma de doble filo si la rivalidad comercial se intensifica.

Por eso, la competencia Vietnam-Tailandia va más allá de la atracción de fábricas y se deriva en un duelo por qué parte del valor añadido se queda en el país anfitrión. Vietnam ha ganado mucho terreno en ensamblaje exportador y en manufactura orientada a volumen, por lo que su reto es subir hacia diseño, componentes críticos, automatización y ecosistemas de proveedores locales que reduzcan dependencia externa. Tailandia, con un ecosistema industrial más profundo, tiene mejores condiciones para capturar fases avanzadas, aunque corre el riesgo de que el mercado global la perciba como más cara y más lenta si no acelera su transformación.

Dos modelos de ventaja competitiva que chocan y, a la vez, se complementan

La forma más útil de entender esta competencia en 2026 es verla como un reparto de papeles más que como un juego de suma cero.

Vietnam tiende a ganar cuando la prioridad es triple: coste laboral más bajo, rapidez de escalado y acceso preferencial a mercados gracias a su red de acuerdos y a su posicionamiento exportador. Las cifras de 2025 muestran que el capital, sobre todo el capital productivo, encuentra allí un canal de aterrizaje masivo. En cambio, Tailandia suele ganar cuando la prioridad es gestionar complejidad: integrar proveedores, operar con estándares industriales exigentes, usar infraestructura logística superior y servir de hub para ASEAN, no solo de plataforma exportadora. Los récords de solicitudes de inversión y los flujos hacia sectores avanzados, como vehículos eléctricos y automatización, apuntan en esa dirección.

En la práctica, muchas multinacionales usan ambos: colocan parte del ensamblaje o fases intensivas en trabajo en Vietnam, y luego ubican en Tailandia centros de soporte regional, testing, ensamblaje avanzado, distribución, o incluso producción orientada al mercado regional. Esto no elimina la competencia, pero la vuelve más sofisticada: el país que logre capturar más fases de interés y con capacidad de concentración, aquellas que generan clusters y salarios más altos, será el que transforme mejor la ola China+1 en desarrollo doméstico duradero.

La variable geopolítica: friend-shoring, aranceles y reglas de origen

La dimensión geopolítica forma parte del modelo de negocio, ya que para empresas que exportan a EEUU o la UE, no basta con producir fuera de China, también hace falta cumplir reglas de origen, garantizar trazabilidad y anticipar la posibilidad de que los aranceles se trasladen desde “China” a “producto con alto contenido chino”. Eso afecta de manera distinta a Vietnam y Tailandia.

Vietnam tiene una ventaja evidente en el plano arancelario y de acuerdos, por eso parte del capital llega buscando acceso preferencial. Sin embargo, precisamente por su alta integración con China en insumos y maquinaria, también puede quedar expuesto a debates sobre origen sustantivo y contenido. Tailandia, con su ecosistema industrial más profundo, puede en ciertos casos aumentar contenido local y regional, pero su cercanía económica con China también la convierte en plataforma atractiva para triangulación. En ambos casos, el reto es parecido: convertir la ola en industrialización genuina y no solo en reetiquetado geográfico de valor añadido chino.

Tanto Vietnam como Tailandia deben navegar un entorno donde Occidente quiere diversificar, pero sin aceptar un desacople ficticio. En ese terreno, las reglas de origen, la trazabilidad y la normativa sobre subsidios y contenido local pueden redefinir quién se beneficia de la ola y quién queda atrapado como simple etapa intermedia.

Conclusión: Vietnam acelera, Tailandia consolida, y la ola todavía no ha terminado

En 2026, Vietnam parece haber ganado la primera fase en volumen y velocidad. Sus cifras de 2025, con 27,62 mil millones de dólares de FDI realizada y más de cuatro quintos dirigido a manufactura, lo colocan como gran receptor de la reubicación industrial. Sin embargo, Tailandia conserva ventajas difíciles de replicar en el corto plazo: un ecosistema industrial maduro, infraestructura logística superior y una estrategia de atracción hacia segmentos de mayor valor, respaldada por récords de solicitudes de inversión y un impulso notable en sectores avanzados.

Por eso, la lectura más útil es la de entender el reparto, con Vietnam siendo el gran motor de expansión manufacturera orientada a exportación y Tailandia el nodo que busca capturar complejidad, valor añadido y rol logístico regional. La ola “China+1”, además, no se detendrá de golpe, porque está impulsada por fuerzas estructurales. Así que, en la próxima década, el verdadero triunfo no será atraer más fábricas, sino conseguir que esas fábricas creen proveedores locales, salarios mejores y capacidades tecnológicas que no se muden con la siguiente ola.